¡CAMBIO MUNDIAL!
Un Salto Cuántico
dentro del Cerebro Global de la Humanidad
Por Ervin Laszlo *
Traducción : Catalina Sherwell Hand
Cambiar o No cambiar: ESA NO ES LA PREGUNTA.
De haber vivido en nuestros tiempos, Hamlet, con mayor convicción que nunca, afirmaría: “La pregunta es: ser o no ser”. Tendría toda la razón. Pero no sería el cráneo de un individuo lo que le daría a Hamlet motivos para meditar, sino que su objeto de pensamiento sería más bien la Tierra misma, la Tierra viviente. ¿Lograremos, como especie, sobrevivir en este planeta, o nos convertiremos en una especie extinta, como los dinosaurios?
El hecho es que nos estamos acercando peligrosamente a un momento crítico en nuestra Historia; estamos a punto de volcarnos globalmente. Aún no queda claro qué nos depara el futuro, pero una cosa es cierta: el mundo futuro no será igual al que conocemos, y no podemos continuar como hasta ahora.
Estamos destruyendo el tejido mismo de la sociedad. Existe una creciente inseguridad en todas las naciones, tanto ricas como pobres, y existe una mayor propensión a recurrir al terrorismo y a la guerra. Uno de cada tres habitantes urbanos vive en barrios bajos, en villas miseria o en guetos urbanos. Más de 900 millones de seres humanos han sido clasificados como habitantes de zonas marginadas. La brecha se está ensanchando cada vez más entre los ricos y poderosos, y los pobres y marginados. Ochenta por ciento del producto doméstico del mundo pertenece a mil millones de personas, y el restante veinte por ciento es compartido por 5.5 mil millones de seres humanos. El fundamentalismo islámico se está esparciendo rápidamente por el Medio Oriente, el fanatismo religioso está creciendo desmedidamente en los Estados Unidos y en todo el mundo, y en Europa comienzan a surgir cada vez más brotes de grupos neo-Nazis y de movimientos extremistas.
También, estamos destruyendo el planeta. La producción de recursos biológicos y físicos esenciales ha llegado a su punto culminante. Tanto los bosques, como las especies de peces y las barreras de coral del mundo han sido dañados y ya comienzan a desaparecer. Los suelos se han empobrecido radicalmente por el exceso de cosechas y por el uso indiscriminado de fertilizantes químicos y de plaguicidas. La diversidad está siendo reducida por medio de la manipulación genética. Las reservas de agua dulce están disminuyendo dramáticamente. Más de la mitad de la población mundial enfrenta ya la escasez de agua. Y los cambios climáticos amenazan con hacer que la mayor parte del planeta sea inadecuado para vivir y para producir los alimentos necesarios a nuestra supervivencia.
De continuar por el mismo camino, los cambiantes patrones climáticos generarán sequías, tormentas devastadoras, la pérdida masiva de cosechas, y el alza de los niveles del mar inundarán todas las ciudades y poblados de las costas, así como todas las tierras aledañas al mar. Millones de seres humanos huirán de las zonas más devastadas. En la conflagración que seguirá, nadie se salvará.
“Cambiar o no cambiar” no es la pregunta adecuada. Si hemos de “ser”, es necesario que nos transformemos. Tarde o temprano, terminaremos por cambiar. Más bien, la pregunta es: ¿Lograremos cambiar a tiempo?
POR QUÉ Debemos Cambiar
A finales del siglo XVIII, Thomas Malthus publicó un tratado que afirmaba dos cosas: Primero, que el alimento es necesario a la existencia del hombre, y, segundo, que los seres humanos continuarán reproduciéndose, como siempre lo han hecho. “El poder de la población,” dijo Malthus, “es indefinidamente mayor que el poder de la tierra para producir medios de subsistencia para el Hombre.” Inevitablemente, vendrán los tiempos cuando el crecimiento exacerbado de la población mundial opacará la producción de alimentos. Sobre la Tierra habrá más seres humanos que los alimentos que podamos producir para su sustento.
La llamada “catástrofe Maltusiana” es una versión simplificada del cataclismo al que nos estamos acercando. Hoy día, no tan sólo está en duda nuestra capacidad para producir suficientes alimentos para la población mundial, sino que la base misma de la vida en la biosfera se encuentra en peligro. Y esta tendencia crítica no consiste tan sólo en el crecimiento desmedido de la población mundial –cuántas personas transitan por este planeta—sino cuánto consume cada persona, y qué es lo que cada ser humano provoca al ambiente. En las seis décadas que han transcurrido desde la Segunda Guerra Mundial, hemos consumido más recursos físicos y biológicos del planeta que en toda la Historia anterior a dicha guerra.
Hoy en día, los seres humanos consumimos más de lo que podemos regenerar o reponer, y nuestros desechos sobrepasan la capacidad que tiene la Naturaleza para absorberlos. Es obvio que esta situación no es sostenible. En relación a los alimentos, por ejemplo, sabemos perfectamente qué cantidad de alimentos es sostenible para cada persona: es el producto que rinden 4.2 acres de tierra. ¡Pero la “huella ecológica” promedio es de siete acres! Y los alimentos son apenas uno de los muchos recursos básicos que necesitamos los seres humanos para sobrevivir y desarrollarnos. Actualmente, estamos consumiendo desmedidamente dichos recursos y estamos agotando la mayoría de ellos.
La manera exacerbada en que consumimos y desechamos bienes de consumo y recursos hoy en día es como si estuviéramos a bordo de una nave espacial destinada a un viaje corto. Esa nave espacial requiere de: baterías que se recargaron en la base para proveer su energía eléctrica; de combustible que fue cargado en su lanzamiento para activar los motores; de aire, comida y agua que fueron colocados a bordo para mantener vivos a los miembros de la tripulación. Obviamente, llegará el momento en que las baterías se descarguen, y la provisión de combustible, aire, alimentos y agua se agotarán, y los desechos se acumularán. La nave entonces se verá obligada a regresar a la base. Las naves construidas por el hombre pueden regresar a la Tierra. Pero, ¿a qué lugar puede regresar la “nave Tierra”?
¿Qué sucederá cuando lleguemos a agotar los recursos de la Tierra? En el laboratorio, las bacterias mueren cuando agotan las sustancias de las que se alimentan. Cuando los ratones están a punto de agotar su provisión de alimentos, se vuelven estériles, y los lemmings se suicidan en masa. Pero cuando una especie consciente llega al punto de agotar sus recursos, no necesita morir, suicidarse o volverse estéril. Más bien, puede cambiar su nivel de conciencia.
Con un nuevo nivel de conciencia, tendríamos valores diferentes, prioridades distintas. Podríamos comenzar a vivir de manera sustentable. Desarrollar nuestra conciencia es la mejor y quizás la única manera de iniciar el cambio que necesitamos realizar para poder sobrevivir sobre este planeta.
CÓMO Podríamos Cambiar
El mundo está lleno de grandes problemas que parecen insolubles. Si deseamos atacarlos, entonces recordemos un consejo de Gandhi: conviértete en el cambio que deseas ver en el mundo. Y debemos unir este consejo con uno que nos brindó Einstein: no se puede resolver un problema con la misma mentalidad que ocasionó el problema en primer lugar. Lo que esto nos indica es que, si deseamos cambiar el mundo, tenemos que operar ese cambio dentro de nosotros mismos, cambiar nuestra manera de pensar.
¿Qué significa cambiar nuestra manera de pensar? Para comenzar, significa descartar nuestra vieja manera de pensar, incluyendo las poderosas aunque poco examinadas creencias que la sustentan. Existen muchas creencias acerca de nosotros mismos, de los demás seres humanos, o de la Naturaleza, que actualmente resultan obsoletas. A continuación, una breve lista:
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Somos seres individuales, inconexos, y tenemos el derecho de procurar nuestros propios intereses.
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Cuando satisfacemos nuestros propios intereses, también beneficiamos a los demás: después de todo, el mercado distribuye los beneficios.
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La vida es una lucha por la existencia; sólo los más capacitados logran sobrevivir.
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En la despiadada competencia por alcanzar un nivel óptimo (es decir, poder, riquezas y éxito) los fines justifican los medios.
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Mientras más dinero tengamos, mejor nos sentiremos.
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Debes serle fiel a una sola nación, a un solo gobierno, y a una sola empresa.
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Si deseas la paz, prepárate para la guerra.
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La respuesta es contar con más tecnología, más eficiencia, sin importar de qué se trate.
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El medio ambiente puede ser transformado, como hacemos al construir un puente o una reserva de agua, para que se ajuste a nuestras necesidades y exigencias.
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Para todos los propósitos, la naturaleza es una fuente inagotable de recursos y un infinito basurero de desechos.
Si ustedes piensan de esta manera, entonces ustedes mismos son parte del problema. Pero, ¿cómo pueden convertirse en parte de la solución? La respuesta es ésta: adopten una nueva manera de pensar: adquieran nuevos valores, nuevas prioridades, una visión nueva del mundo. No es utópico creer que podemos desarrollar una nueva manera de pensar, y esto tampoco es algo que no se haya dado anteriormente. Actualmente existe un creciente número de personas que buscan cambiar su visión: estas personas son como una gran ola que crece y crece, y es la ola de las culturas emergentes.
Algunas de las culturas que están emergiendo ofrecen una gran promesa. Aquéllos que pertenecen a estos grupos están re-pensando cuáles son en verdad sus preferencias, sus prioridades, sus valores y la conducta que deben observar. Estas personas han cambiado, dejando atrás su estrecho egoísmo para comprometerse con la paz y con la sostenibilidad de su ambiente, tanto en su ciudad como en todo el mundo.
Dos cosas distinguen a la nueva manera de ver el mundo. Una, es darse cuenta cuanta verdad encierra el viejo proverbio que reza: “Todos somos uno”. Como dijo el escritor William James: “Somos como islas en el mar – separados en la superficie, pero conectados en lo profundo”.
Tener un amplio y profundo sentido de la responsabilidad constituye la segunda característica que define a la nueva manera de pensar. Esto deriva de un sentido de unidad, que indica que todos somos uno. Si somos uno con la Naturaleza y con otros seres humanos, nuestras responsabilidades no se limitarán a nosotros mismos, a nuestra familia, a nuestro país, a nuestra compañía. Las personas que han desarrollado una nueva visión del mundo no tan sólo sienten responsabilidad por ellos mismos y por sus allegados, sino que abarcan a toda la Humanidad, a toda la Tierra. Cumplir con nuestras responsabilidades no es un acto de caridad. Cada uno de nosotros forma parte de la familia humana, y la Humanidad es parte de la vida en este planeta. Siendo así, lo que le hagamos a los demás y a la Naturaleza nos lo hacemos a nosotros mismos.
Somos capaces de transformarnos sólo cuando somos capaces de descartar creencias obsoletas y adoptar una nueva manera de pensar. En estos tiempos caóticos, ese cambio puede convertirse en la “mariposa” cuyo aleteo es capaz de detonar una tormenta. Esta transformación puede extenderse a lo largo y ancho del planeta y finalmente cambiar el mundo.
¿CUÁNDO Deberíamos Cambiar?
Cuando usted exclama: “¡Ésa fue la gota que derramó el vaso!”, usted está expresando una idea fundamental de la que no hacemos caso las más de las veces. Si cargamos el lomo de un camello, podemos agregar un bulto tras otro, y el camello se irá adaptando al peso – eso, hasta que la carga sobrepase los límites de la capacidad que tiene el camello para llevar bultos a cuestas. Luego, como dice el dicho, una simple paja más puede romperle el lomo al camello. Es así como un proceso paso a paso que se desarrollaba fluidamente, “linealmente”, abruptamente, se convierte en un proceso “no-lineal”.
Esto mismo sucede en la Naturaleza. Una especie viva puede adaptarse a los cambios que suceden dentro de su medio ambiente – hasta cierto punto. Cuando esos cambios se van acumulando, la tensión alcanza un punto crítico y la especie se extingue. A menos, por supuesto, que sufra una mutación. En los sistemas relativamente sencillos, los puntos críticos conducen a un colapso. En los sistemas más complejos, estos puntos críticos son puntos de precipitación: pueden tomar un rumbo o el contrario. No conducen inevitablemente al colapso, sino que también pueden conducir, primero a una ruptura, y luego al progreso.
Cuando llegamos a un punto de precipitación, la regla nos indica que debemos evolucionar o salir de escena. Esta regla también funciona dentro de la sociedad. En 1989, bastó que un pequeño grupo de refugiados de la Alemania del Este recibiera permiso para cruzar la reja de hierro hacia Austria para que se generara un pequeño pero crítico impacto al sistema—el impacto que rompió su espalda, por así decirlo. Fue la última gota, la última paja. En cuestión de unas cuantas semanas, los estados comunistas del Este de Europa se separaron de la Unión Soviética, y menos de un año después, la Unión Soviética dejó de existir. El Partido Comunista Soviético, el partido político más poderoso del mundo, no tan sólo perdió poder sino que fue pronunciado como un partido fuera de la ley.
En los últimos diez mil años, muchas sociedades y civilizaciones completas llegaron a críticos puntos de precipitación. Culturas una vez florecientes desaparecieron de la faz de la Tierra: los Babilonios, los Sumerios, los Mayas, los habitantes originales de la Isla de Pascua… Pero otras culturas y otras civilizaciones enfrentaron el reto: se transformaron y sobrevivieron. La Historia atestigua que dichas transformaciones fueron profundas.
Las tribus de la Edad de Piedra vivían en un mundo mitológico: vivían en comunión con los árboles, los animales, y los espíritus de sus ancestros. Los seres humanos se veían a sí mismos como parte de un misterioso y significativo cosmos viviente. Hace diez mil años, esta civilización orientada hacia el “Mitos” se transformó en una civilización orientada hacia el “Theos”: en las civilizaciones teocráticas del antiguo Egipto, Babilonia, India y China. Allí, las invariables leyes de los Dioses del Cielo gobernaban la existencia humana: como declaró Hermes Trimegistos, “así como arriba, también abajo”. Luego, hace dos mil quinientos años, en las costas norteñas del Mediterráneo surgió aún otra civilización: la civilización humana basada en el raciocinio y en el “logos” de la que los griegos clásicos fueron pioneros.
En el amanecer de la Edad Moderna, la Civilización Occidental combinó elementos previos, pero se formó, sobre todo, por su creencia en el poder de la razón que heredamos de los griegos. Desarrolló un punto de vista materialista y mecanicista inspirado por los pioneros de la ciencia moderna: Galileo, Newton y Copérnico. Esto permitió que la física clásica se uniera con la artesanía y que, como resultado, se produjeran enormes adelantos tecnológicos.
Pero hoy en día, en la era de la información global, de la comunicación, de la interdependencia y de la degradación, el punto de vista materialista-mecanicista que rige actualmente al mundo ya no funciona. Las tecnologías y las conductas que genera producen más calor que luz—más efectos secundarios negativos que beneficios reales.
La civilización moderna ya no es sostenible: una de dos, provocará un cataclismo o deberá transformarse. El reto consiste en transformar ésta en una civilización en la que casi siete mil millones de personas puedan vivir dignamente y en armonía con sus congéneres y con la Naturaleza misma. Dicha civilización deberá ser diversa y, sin embargo, estar unificada. Deberá ser un todo orgánico, al igual que la Naturaleza y el Universo mismo.
La civilización que necesitamos debe ser un todo íntegro, y su punto de vista mundial y sus valores deben ser holísticos. Esta deberá ser una civilización del Holos.
El salto del Logos al Holos constituye el Cambio Mundial que debemos promover, y que debemos lanzar lo más pronto posible. No tenemos tiempo para prevaricar, puesto que el punto de precipitación global ya se acerca. Las tendencias y los procesos que conducen al cataclismo quizás se vuelvan irreversibles en tan sólo unos cuantos años, en el 2012, después de lo cual quizás será demasiado tarde para crear un mundo pacífico y sostenible. A nadie le interesa más que a nosotros hacer de este momento crítico en los asuntos humanos, no el preludio de un cataclismo, sino el trampolín hacia una era de paz y de sostenibilidad.
IDEAS Y REVELACIONES DE LA NUEVA CIENCIA PARA EL CAMBIO GLOBAL
Todo Está Conectado con Todo lo Demás
Uno de los factores más prometedores en nuestra búsqueda por un cambio oportuno es conocido sólo por muy pocas personas, y rara vez hacen uso consciente de ese factor. Este factor constituye otro cambio: un cambio de paradigma, y este cambio se da en el terreno de la Ciencia. El hecho es que no tan sólo está tambaleándose el suelo bajo nuestros pies, sino que también se está tambaleando la manera en que percibimos que el suelo se mueve. Si este cambio llegara a conocerse más allá de la camarilla de científicos destacados y del pequeño, aunque rápidamente creciente círculo de personas conocedoras de la Ciencia, las masas comenzarían a ver el mundo de manera diferente. Y esas masas comenzarían por cuestionarse sus valores predominantes así como sus prioridades, y así buscarían mejores y más responsables maneras de vivir.
En primer lugar, consideremos el punto de vista que predomina en el mundo actual. La mayor parte de las personas, por lo menos en el Hemisferio Occidental, creen que el mundo está hecho de materia que se mueve mecánicamente en un espacio vacío. La materia que conforma las galaxias, al igual que la materia que conforma nuestros cuerpos, es la realidad fundamental. El espacio y el tiempo son meramente el marco de referencia dentro del cual desarrollan sus destinos, siguiendo las leyes de causa y efecto.
Pero este concepto no es correcto. Hace cien años, Einstein demostró que el espacio y el tiempo son elementos dinámicos e integrales del Universo—la realidad básica es un continuo de cuatro dimensiones dentro del cual todo es relativo y en el que todas las cosas interactúan entre sí. Veinte años más tarde, la “revolución cuántica” descartó las últimas suposiciones materialista-mecanicistas que aún nos quedaban. Los elementos fundamentales de la realidad son espirales de energía, conocidos como “cuantos”, es decir, elementos cuánticos. Resulta difícil localizarlos en el espacio, y están conectados a través del espacio y del tiempo de manera instantánea y mecanicista.
Se dice que el mundo cuántico es “extraño”, pero, tal y como se descubrió, esta calidad extraña no está confinada a la dimensión microscópica. También el mundo viviente tiene cualidades cuánticas, pues en este caso las cosas se interconectan casi instantáneamente. Esto es lo que ha salido a la luz en los nuevos campos de la biología cuántica y de las investigaciones cuánticas sobre el cerebro. Tal parece que los seres humanos, al igual que todos los seres vivos, no son tan sólo sistemas bioquímicos, sino que, asombrosamente, también son “sistemas cuánticos macroscópicos”. El Universo, en su totalidad, es un súper sistema cuántico macroscópico. Sus parámetros básicos son asombrosamente coherentes, y sus constantes fundamentales están lo suficientemente sintonizadas como para permitir la evolución de cada vez más estructura y cada vez mayor complejidad.
Las investigaciones científicas de punta redescubren y reafirman una idea perenne que ocurre y se repite dentro de las tradiciones culturales y espirituales del mundo. Todo está conectado con todo lo demás, incluyendo los seres humanos y todo el tejido mismo de la vida. Esta revelación científica cambia todo. Es éste un mundo diferente, y requiere que lo miremos de otra manera para actuar de manera diferente.
Somos Parte Integral de un Cosmos Integral
El instante, interconexión de espacio y de tiempo entre todas las cosas—los físicos lo llaman “enredo”—va incluso más allá del concepto de Einstein sobre un universo relativista. Este aspecto del nuevo paradigma en las ciencias conjura otra visión: la visión de un cosmos íntegro y orgánico. En este cosmos interconectado, la materia cósmica no es la realidad primordial. La realidad básica es la energía, dinámicamente y coherentemente integrada al espacio y al tiempo.
Y aún hay más. Como si este cambio, de materia a energía, no fuera suficientemente profundo, en la última década, dos científicos destacados descubrieron otro factor que es fundamental en la Naturaleza. Es decir, la información.
Solíamos pensar que la información es algo que los seres humanos producen cuando piensan y cuando se comunican. Pero tal y como nos damos cuenta ahora, es algo mucho más fundamental. La información existe en la Naturaleza. De hecho, el mundo tal y como lo conocemos ahora no podría existir sin información—y definitivamente no en la forma en que existe.
Nuestro Universo es un lugar muy admirable. Es uno entre trillones de posibles universos entre los cuales sólo unos cuantos podrían sustentar la vida. Todos los demás universos serían físicamente incapaces de generar el tipo de sistemas complejos que llamamos vivientes. Pero, ¿qué es lo que marca la diferencia entre nuestro admirable universo y la plétora de otros universos que podrían existir (y que quizás sí existen)? La respuesta es: la información. El espacio, el tiempo y la energía son el “hardware”, la maquinaria del Universo. La información es el “software”. El “hardware” por sí mismo es inerte, es “mudo”—una computadora sin software no puede hacer nada. Es la información la que fija las leyes de la Naturaleza. Decide el tamaño y la interacción de partículas elementales así como los valores de los campos y fuerzas universales. Especifica la manera en que funciona el Universo.
El Universo funciona de maneras admirablemente consistentes y coherentes. Hace que las partículas evolucionen hasta convertirse en átomos, los átomos en estrellas y en sistemas estelares, y dentro de las estrellas hace que los simples átomos—como el hidrógeno—se conviertan en elementos más complejos tales como el helio, el berilio, el carbón y tantos otros más. Son los elementos básicos de la vida, de todos los seres vivos. La vida evolucionó sobre la Tierra a partir de compuestos moleculares básicos que se convirtieron en organismos unicelulares, y luego en especies multicelulares complejas e integradas. Los seres humanos somos la especie multicelular más compleja que se haya desarrollado jamás sobre este planeta.
La evolución que condujo del hidrógeno al Homo Sapiens no es el resultado de materia inerte moviéndose mecánicamente en un espacio vacío. La evolución es un proceso de infinita complejidad, asombrosamente afinada. Es el resultado de una constante y efectiva transferencia de información entre todas las cosas y seres que evolucionan.
Esta revelación científica es de suma importancia para nuestra vida y para nuestro futuro. Si el mundo entero es integral y está interconectado, entonces nosotros, los seres humanos, somos una parte integral e interconectada del planeta. Como dijo Arthur Koestler, el novelista y filósofo, somos “holones”, todos orgánicos, entidades completas, que forman parte de otras entidades completas. Esto significa que todo lo que hacemos sobre la Tierra afecta a toda la familia humana y al tejido de la vida de la que formamos parte. A la inversa, todo lo que le sucede a la familia humana y a la biosfera nos afecta a usted, a mí y a todas las personas y seres vivos que habitan el planeta.
No estamos separados del resto de la creación, y el mundo no es un agregado de materia inerte que se desplaza mecánicamente en un espacio pasivo. Somos una parte orgánica de los demás seres humanos, de la Naturaleza y del Cosmos. Más vale que aprendamos a ser una parte responsable, porque, de no hacerlo, podríamos destruir los todos integrales de los cuales depende nuestra vida. Para una especie consciente que vive en un universo orgánicamente integrado, el hacer evolucionar la conciencia que la convierte en una parte responsable no es tan sólo una opción: es una condición fundamental para nuestra supervivencia.
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* Fundador del Club de Budapest y Canciller Designado de la Universidad GLOBALSHIFT, y autor de más de ochenta libros incluyendo “CIENCIA Y CAMPO AKÁSHICO”, y su próximo libro: CAMBIO CUÁNTICO EN EL CEREBRO GLOBAL (Editorial Inner Traditions, 2007 y 2008).